De que va todo esto

¿De qué va todo esto? Este blog no pretende ser más que un conjunto inconstante (espero que no incoherente) de opiniones surtidas. Pero recuerda:
"Las opiniones son como el agujero del culo, todos tenemos uno y creemos que el de los demás apesta."

viernes, 8 de noviembre de 2013

Rebeca. La sombra del pasado es alargada


     Rebeca es una de esas novelas que fue un bestseller en su momento y que creo que hoy en día no sería tan conocida si no fuera por la adaptación al cine del maestro Hitchcock.

     La novela, que comienza con su famosísima frase, ya sabéis aquella de “Anoche soñé que había vuelto a Manderley”, gozó de bastante éxito cuando se publicó. Y es una mezcla curiosa de monólogo interior, novela romántica,  novela de misterio, casi novela gotica...

      La trama supongo que la conoceréis, pero de todas formas no contaré mucho para no hacer spoilers: un maduro y reciente viudo rico –Max de Winter- se enamora de una jovencita inexperta, timida, apocada y a la que dobla la edad, mientras ambos coinciden en Monte Carlo, en donde ella hace de “dama de compañía” de una rica, odiosa y snob señorona americana rica, la señora Van Hopper.

     Se casan y Max la lleva a su mansión rural en la costa de Cornualles, la famosa Manderley, donde la apocada señora de Winters vive entre atemorizada y atormentada por el recuerdo perpetuo y omnipresente de Rebeca, la primera esposa de Max, y su temor de decepcionar a todo el mundo (incluido a su marido) por no estar a la altura.

    Tampoco es que Max ayude mucho, siempre taciturno y poco comunicativo, tanto que la protagonista malinterpreta su actitud, atormentándose porque cree que no la quiere y que sigue realmente enamorado de Rebeca.

     Probablemente el mejor resumen son estos párrafos de la novela:
Rebeca, siempre Rebeca. Fuera donde fuera, en Manderley, me sentase donde me sentase, incluso en mis pensamientos y sueños, allí me encontraba con Rebeca. Ya la conocía con sus piernas largas y esbeltas, sus pies pequeños y estrechos. Era algo más ancha de hombros que yo y con unas manos llenas de destreza. Éstas, igual manejaban la rueda del timón que sujetaban un caballo. Eran manos que sabían arreglar flores y construir modelos de barcas y escribir “A Max, de Rebeca”, en la hoja blanca de un libro. Ya sabía también cómo era su cara, pequeña, ovalada, de tez blanca y sin mácula, con un magnífico pelo negro. Conocía su perfume y podría adivinar su risa y su modo de sonreír. Si la hubiera oído entre otras mil, hubiera reconocido su voz. Rebeca, siempre Rebeca. Jamás me libraría de Rebeca. [...]
Aquel impermeable que me puse, el pañuelo que usé,... Tal vez me viera cogerlos. Jasper había sido su perro y ahora corría detrás de mí. Las rosas era suyas y ahora las cortaba yo. ¿Me odiaba y me temía como yo a ella? ¿No hubiera querido ver a Maxim solo en casa? Yo podía luchar contra los vivos, más no contra los muertos. [...] Ella y yo no podíamos luchar. Era demasiado fuerte para mí.
La autora, ya anciana
      Y desde luego quien tampoco ayuda es la señora Danvers, una especie de ama de llaves que fue la mano derecha, doncella e incluso amiga de Rebeca, a la que idolatraba e idolatra. Danvers es uno de los mejores personajes del libro. Seca, fría, enjuta, severa,... Controla la casa y a todo el servicio  con mano férrea y disciplinada, y aunque aparentemente es servicial y siempre está dispuesta a obedecer las órdenes de la nueva señora de Winter, en realidad la desprecia, y ésta lo sabe.

     Lo que comienza siendo una novela romática, que cuenta el enamoramiento de una niña que apenas ha cumplido los 20,  tímida, apocada sin mundo y sin don de gentes (así se define ella misma) poco a poco se transforma en una novela de misterio con tintes de melodrama gótico.
     De misterio porque el lector intuye, mucho antes que la protagonista, que algo hay en el pasado, cuando Rebeca, que se ahogó en su velero poco más de un año atrás, todavía estaba viva. Un secreto entrevisto por lo poco que todos los personajes dicen –y sobre todo callan- sobre Rebeca. Y además como está contado en pasado, en un gran flashback, sabemos que algo terrible ocurrió y que por tanto ocurrirá al final de la novela.
   Y gótica por la ambientación: una casona enorme en la borrascosa costa inglesa, con un ala completamente clausurada para su uso: donde estaban las habitaciones de Rebeca.

     He dicho varias veces “la protagonista”, pero realmente es mentira. La verdadera protagonista del libro es Rebeca. Está ominipresente siempre, en cada detalle, pese a no aparecer nunca por estar muerta. De hecho, la narradora es el único personaje que no tiene ni nombre: nunca nos lo rebela la autora, y cuando no hay más remedio todos se refieren a ella como “la señora de Winter”. La segunda, claro, porque todo el mundo sabe –incluida ella misma- que la verdadera señora de Winter era Rebeca.

      Este es uno de los grandes aciertos de Daphne Du Maurier, la autora: no que la protagonista no sea la narradora en primera persona, sino que esta completamente implícito, tratado como una enorme elipsis. Por lo demás no es realmente una modela moderna, ni lo fue cuando se publicó en 1938. En el sentido de que no tiene nada que ver en técnica y estilo con los escritores punteros de aquellos momentos. Más bien  parece una novela del siglo XIX, una de esas novelas románticas de las hermanas Brontë (aunque son mejores estas), 400 páginas de amoríos románticos salpicados de misterio y novela gotica.

     Daphne Du Maurirer, aunque tiene nombre de francesita, realmente era una jovencita inglesa de buena familia, nieta de escritor, hija de actor y acostumbrada a que su casa la frecuentaran escritores como Edgar Wallace o J.M. Barrie (el de Peter Pan). Y que de hecho, pese a que sólo tenía 31 años cuando publico Rebeca en 1938, ya era su quinta novela publicada, pues la primera fue con 24. Y además con cierto éxito. Éxito que sin duda se vio aún más incrementado por Hictchcock, que eligió otras dos de sus novelas para llevarlas a la pantalla: La posada de Jamaica, y Los pájaros.

    Antes he mencionado que en ciertos aspectos Rebeca parece una novela romántica del siglo XIX, parecida a las de las hermanas Brontë, y curiosamente cuando se publicó, la acusaron de parecerse demasiado a Jane Eyre. Claro que también con La posada de Jamaica dijeron que se parecía a Cumbres Borrascosas... Y de hecho, como ya he dicho no es una novela moderna en su estilo, es casi victoriana (ATENCIÓN SPOLER por ejemplo, Rebeca no tenía amantes, en la novela se refieren a ellos siempre como “amigos” y como mucho se dice que “se entendia con...FIN DEL SPOILER)

     Lo que si tuvo que afrontar la autora fue una demanda por plagio de una novela brasileña publicada poco antes, y luego con el éxito que le trajo Los Pájaros, ya siendo una escritora madura, también la acusaron de plagio. Pero bueno, el éxito es lo que tiene...


http://www.filmaffinity.com/es/film167667.html     Alfred Hitchcock ya había elegido una novela de Du Maurier para hacer su película anterior: La posada de Jamaica, la última que hizo en Inglaterra. El productor norteamericano David O. Selznick  se había fijado en él, y logró que firmara un contrato de siete años, con lo que el maestro Hitchcock se mudó a Hollywood.

     Para su primera película americana, Hitchcock eligió adaptar otro libro de Daphne Du Maurier, que se había publicado un par de años antes: Rebeca. El director muy raramente contaba con historias originales para sus películas. Casi siempre prefería adaptar una novela o una obra de teatro, o incluso una historia corta, y este fue uno de esos casos.

     Y la adaptación es perfecta, casi milimétrica, así que no es extraño que le saliera una película larga (dos horas) porque el libro ya de por si lo era (más de 400 paginas). Y eso que se simplificaron algunas cosas (por ejemplo toda la primera parte en Monte Carlo está mucho más condensado en la película) y que incluso se quitaron algunas escenas y personajes (como la abuela de Max) que realmente tampoco son vitales para la trama.

     Como en el caso de la novela, no sabemos el nombre de la protagonista, porque la verdadera protagonista, Rebeca está omnipresente, en los diálogos o en los objetos: sus iniciales están en pañuelos, mantelería, en los objetos de escritorio, en todas partes. Curiosamente nunca vemos el aspecto que tenía Rebecca, ni una foto, ni un cuadro,... nada. Y esto también es una característica de la novela.

      La adaptación llega a ser tan exacta que hay escenas y diálogos prácticamente calcados del original, por ejemplo la escena en la que tímida y apocada segunda señora de Winter rompe accidentalmente una valiosa figurita de porcelana, y, pese a ser la señora de la casa y poder hacer en teoría lo que quiera sin dar explicaciones a nadie, la esconde avergonzada para no tener que enfrentarse a la señora Danvers.

     Porque este es un grandioso personaje también aquí como lo era en la novela. Idolatraba a Rebeca y aunque aparentemente es obsequiosa con su nueva señora, la desprecia y la menosprecia porque no concibe que pueda ocupar el lugar de sus señora en Manderley.

     Y la segunda mujer de Maxim de Winter lo sabe: con un enorme complejo de inferioridad (que ya traía de serie) cree no estar a la altura de Rebeca y piensa que todo el mundo opina lo mismo y la menosprecian por ello como hace ella misma.

      Esto se ve muy bien en la escena en la que ambas se encuentran por primera vez: Danvers rígida, hierática dándole la bienvenida a la mansión al frente de una cohorte de sirvientes perfectamente uniformados y alineados, y Joan Fontaine, tímida y encogida del brazo de su recién estrenado marido (Lawrence Olivier) con el pelo mojado y apelmazado porque les ha llovido por el camino. En el “enfrentamiento” la nueva señora de la casa se muestra tal como ella misma teme mostrarse: atemorizada y torpe. Está magníficamente bien rodado y mostrado el desprecio de Danvers con sólo un par de miradas.


      Los elementos de misterio están también ahí: el espectador intuye mucho antes que la narradora que hay algún oscuro secreto con Rebeca, algo que nadie quiere contar y que sólo vamos entreviendo. Y los escenarios ayudan: Manderley es retratado como una enorme casona gótica, oscura, señorial, llena de pasillos, escaleras, puertas siempre cerradas que dan a las antiguas habitaciones de Rebeca,...

      Hay muy pocas diferencias entre película y novela, y la mayoría son por razones de economía: o bien para que no tuviera una duración exagerada, como la que ya he comentado, o bien de presupuesto. Un buen ejemplo de esto es la simplificación de la escena del baile y la del naufragio: ocurren el mismo día, con lo cual se ahorran escenas intermedias, y no hay imágenes del naufragio ni del barco accidentado, con lo cual se ahorraba presupuesto.

      Aparte de esto, pocas diferencias más hay. Por ejemplo, aunque en ambos casos finalmente la narradora hace de tripas corazón y decide plantarle cara a su enemiga la señora Danvers, cuando, harta de ver los objetos personales de Rebeca quiere quitarlos de su vista, tanto en la novela como en la película tiene lugar este diálogo:
-Dehásgase de todo esto.
-Pero es de la señora de Winter.
-Yo soy ahora la señora de Winter.
     Sin embargo en la película ocurre bastante antes que en la novela.

ATENCION SPOILER

    Otras dos  diferencias. Una, menor, tiene que ver con lo acontecido a Rebeca: en la novela se nos revela que Maxim mató a su esposa incitado por ella misma. En  la película se nos revela que, aunque lo incitó y ganas no le faltaron, realmente su muerte fue un accidente. Supongo que esto vino obligado por el código de moral imperante, no lo se.
    La otra es el final de la película: Danvers incendia Manderly, la destruye y ella se autoinmola en el incendio. La novela acaba cuando, volviendo en el coche, Maxim y su mujer ven de madrugada el resplandor. Es una elipsis, no vemos el incendio, pero lo suponemos, sobre todo teniendo en cuenta lo que la narradora nos contó al principio en sus sueños, y el estado en que veía Manderley. Pero lo más importante es que aunque se sugiere –no se cuenta- que la señora Danvers incendia la mansión porque no soporta que otra ocupe el lugar de su señora, si se nos hace saber que hace las maletas y escapa, poniendo tierra de por medio.

FIN DEL SPOILER

      La maestría de Hitchcock no está tanto en seguir un guión que adapta milimétricamente la novela, sino en la capacidad de concentrar en imágenes, con pequeños detalles, casi insignificantes, el carácter de los personales.

    Por ejemplo, la señora Van Hopper es odiosa, cotilla y snob. En la novela se nos la describe siempre rodeada de bombones, o de ceniceros repletos de colillas que apaga donde le viene en gana o de pañuelitos de papel usados cuando coge la gripe. En la película en efecto la vemos casi siempre fumando, y en con un simple inserto de una imagen la vemos apagar un cigarrillo a medio fumar en un tarro de crema cosmética con pinta de ser bastante caro.

     Y hay muchos detalles y metáforas de este estilo: la omnipresente inicial R aparece al final en llamas, la ambigüedad de la primera escena de Max, en la que se nos hace creer que piensa en suicidarse cuando realmente recuerda cuando tirar por ese acantilado a su mujer, o detalles añadidos (que no están en la novela) de su particular sentido del humor como el policía fanfarroneado contando sus batallitas a las puertas del juicio o las pesas de goma del disfraz de forzudo con el que se presenta el cuñado de Max al baile.
      Incluso detalles con la pareja protagonista: cuando son felices en Monte Carlo se sientan juntos a comer, juntos en el coche, juntos mientras ella dibuja... cuando son infelices en Manderly se sientan separados por una mesa kilométrica y raramente se les ve juntos en las escenas, incluso cuando están en la misma habitación, no suelen estar próximos.

     Ni la novela fue en su día una novela con un estilo moderno para su época, ni la película tampoco. Es un melodrama de los años 30, la música de violines de  Franz Waxman esta presente, de fondo, casi siempre, durante toda la película, como era habitual en aquella época. Prácticamente Hitchcock no usa ninguno de los recursos que lo harían famoso, y que ya había usado antes. Es una película de encargo, y eso se nota. No tiene el estilo propio de Hitckcock y aunque es una película notable, está lejos de sus obras maestras posteriores.
      Probablemente, si esta película la hubiese hecho después la hubiese impregnado  más de su estilo,  y le hubiese sacado punta, insinuando pero no mostrando abiertamente, a algunas cosas: por ejemplo seguro que hubiera sugerido un lesbianismo reprimido de Danvers hacia su señora.
     En definitiva, el director se prostituyó, aunque  se lo perdono, porque por cada película mejor que Rebeca, tiene al menos dos peores que esta.

     Al que le salió bien la jugada fue al productor Selznick: ya había acertado el año anterior con el mega-éxito de Lo que el viento se llevó, y volvió a acertar esta vez: la película tuvo un éxito tremendo, tanto en Estados Unidos como fuera de allí.

   Por ejemplo, para hacerse una idea del éxito que tuvo en su momento: como vestuario para Joan Fontaine, en la primera escena en la que aparece (escena que por cierto no está en la novela) y se encuentra con Maxim se eligió una chaquetilla abierta de punto, de lana tejida, un cardigan como lo llaman los ingleses: desde entonces en España a esta prenda se la conoce como una rebeca. (Claro que los ingleses la denominaban cardigan porque al parecer solía vestirla el 7º conde de Cardigan)

      De hecho, Rebeca ganó el oscar a la mejor película del año. Oscar que se llevó Selznick por ser el productor: a Hitchcock no lo consideraron el mejor director, y de hecho nunca ganó un Oscar. El maestro nunca estuvo satisfecho con su relación con Selznick, siempre mangoneándolo y entrometiéndose, y en cuanto cumplió su contrato y pudo deshacerse de él, fue cuando empezó a hacer verdaderas obras maestras. No obstante, Rebeca es una película muy notable que merece la pena ver.

      Y para terminar, el cameo. Como ya sabéis Hitchcock era famoso por aparecer brevemente como figurante en muchas de sus películas, algo que empezó como una necesidad (no tenían suficientes figurantes y era una forma de “rellenar” la pantalla), luego se convirtió en una broma, y finalmente en una obligación que le molestaba bastante tener que cumplir: como el público esperaba verlo aparecer y el director temía que estuvieran más pendiente de identificarlo que de seguir la trama, para no distraer, en películas más modernas solía aparecer en los primeros minutos: para quitarse cuanto antes de encima ese trámite obligado.

      En Rebeca no es así, aparece casi al final de la película, en la escena en que George Sanders llama por teléfono, y dependiendo del montaje, o se le ve claramente, o sólo fugazmente pasando tras él y un policía.




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