De que va todo esto

¿De qué va todo esto? Este blog no pretende ser más que un conjunto inconstante (espero que no incoherente) de opiniones surtidas. Pero recuerda:
"Las opiniones son como el agujero del culo, todos tenemos uno y creemos que el de los demás apesta."

domingo, 23 de marzo de 2014

La mano izquierda de la oscuridad. Ursula K. Le Guin


    En un futuro lejano, los planetas habitados por razas humanas han formado una especie de federación a la que llaman “El Ekumen”. Cuando descubren otro planeta habitado por humanos, lo estudian sin intervenir durante algún tiempo, y cuando consideran que sus habitantes están preparados mandan abiertamente a emisarios para que los estudie más profundamente y, eventualmente, les haga la oferta de unirse al Ekumen.

    En La mano izquierda de la oscuridad (publicada en 1969) se relata la historia de Genry Ai, uno de estos emisarios que lleva casi dos años intentando que Gueden se una al ekumen, para lo cual intenta que el primer ministro (Estravem) le consiga una entrevista con Agraven, el rey del país más grande y poderoso.

    Sin embargo, la insistencia de Estravem, que está convencido de los beneficios de esa alianza, acaba causándole problemas pues es acusado de traición y tiene que huir a Orgoyen, el país vecino. Ai decide seguirle y probar suerte pero eso no hará más que complicarle la vida con los orgotas.


    Una de las cosas mejor logradas de la novela como crea la ambientación de un mundo glaciar. Gueden, que significa invierno en la lengua de sus habitantes, es un planeta muy frío, cubierto por completo de hielo, nieve y glaciares. Sólo la franja cerca del ecuador está habitada de forma regular, y en la estación invernal hay partes a las que sus habitantes no pueden viajar debido al clima.

    Pero sus habitantes están física y mentalmente muy adaptados a estas condiciones de frío. Incluso culturalmente: en la novela se cuenta que, en las cenas de gala, en la mesa hay un cubierto cuya única función es romper el hielo que se forma en los vasos donde se sirve la bebida.

    Aunque la ambientación es un punto a favor de la novela, realmente no es una historia de acción. La trama en si misma no es especialmente rápida o trepidante (tampoco quiero decir que sea aburrida). No, la autora Ursula K. Le Guin no buscaba eso. Le Guin, como en casi todas sus historias está más interesada en explorar temas más sociales o culturales. En esta se centra en la sexualidad o más bien el género.

     Le Guin probablemente fue la primera mujer que escribió ciencia ficción con éxito (años 60 y sobre todo 70), y quizás sea la que más ha cosechado hasta el momento: dos de sus novelas han ganado el premio Hugo, cuatro el Nebula y cinco el premio Locus. Una de ellas es La mano izquierda de la oscuridad, Hugo y Nebula.

    Pero Le Guin era hija de un antropólogo, estudió literatura y fue profesora de francés, así que la ciencia ficción que escribe no es “hard” (no está interesada en la parte tecnica o científica, ni en explicaciones verosímiles, ni siquiera en descripciones tecnológicas amplias) así que es una representante del género de ciencia-ficción soft. Está más interesada en tratar en sus novelas temas antropológicos, sociales y culturales, y sus novelas suelen tratar estos temas. Bueno, en sus novelas de CF, porque también se ha dedicado a escribir libros infatiles/juveniles y libros del género fantástico (magia y brujería): la saga de las historias de Terramar (5 novelas y varios cuentos cortos) es probablemente su obra más famosa.

     Para desarrollar estos temas, a lo largo de su carrera ha ido creando el “Universo del Ekumen”, donde se ambientan muchas de ellas: en un pasado muy legano, una civilización ya desaparecida (los Hainitas) sembraron varios planetas de la galaxia (la Tierra entre ellos) con vida, extendiendo la especie humana, pero modificada genéticamente para que se adaptara mejor al ambiente de cada planeta, por eso los personajes de Le Guin son todos fundamentalmente humanos, aunque con algunas diferencias. Muchos milenios después, ya desaparecidos los Hainitas, la humanidad redescubre por sus medios los viajes espaciales (la Tierra también, y no los primeros) y poco a poco van formando el Ekumen.

     Además Le Guin es una feminista militante (y ya lo era en los 60) con lo que algunas de sus novelas (esta entre ellas) se consideran ciencia ficción feminista, aunque curiosamente ella siempre ha dicho que no le agrada esa etiqueta.

     Lo verdaderamente novedoso e interesante de La mano izquierda de la oscuridad es el tratamiento que le da al tema del género y de la identidad sexual. Los habitantes de Gueden son andróginos, pero no sólo psicológicamente, también físicamente. Normalmente son de género neutro (ni machos ni hembras, aunque tienen características tanto masculinas como femeninas) y el sexo no desempeña ningún papel. Pero cíclicamente pasan por un periodo, llamado el kemmer en el libro, que es una especie de celo. Durante el kemmer es cuando asumen una u otra identidad sexual y pueden procrear.

    Sin embargo, ellos no eligen: unos pasan a ser macho y otros hembra de forma involuntaria, y además aleatoria. Cuando forman una pareja estable (a cada miembro se le llama kemmerante), las feromonas de cada uno hace que se sincronicen, de forma que uno asume la identidad sexual masculina y el otro la femenina, pero no siempre la misma: en el siguiente ciclo, el sexo de cada individuo puede cambiar, o no. Terminado el kemmer, vuelven a ser neutros.

     Esto plantea ciertas situaciones interesantes. Por ejemplo, un individuo puede ser a la vez padre de unos hijos y madre de otros. Pero para lo que le vale la autora es para desarrollar la idea de que en una civilización así, en la que la identidad sexual es un concepto relativo, no existirían desigualdades basadas en el sexo, ni siquiera en la raza, y se evitarían rivalidades que condujeran a la guerra. Entre otras cosas porque en el fondo sus habitantes sabrían que las diferencias entre individuos son circunstanciales y que fundamentalmente todos somos iguales.

    Así la civilización de Gueden es idílica en el sentido de que sus habitantes no son belicosos, no hay realmente guerras. Pero no es una utopia completamente idílica: existen otras desigualdades pues los guedenitas han creado todo un complicado sistema social basado en el prestigio y en las elaboradas relaciones para conseguirlo y mantenerlo como una marca de sus status social.

     Si no estás interesado en ciencia ficción hard, o si eres un principiante en este género, este podría ser tu libro.


    No me resisto a no incluir la transcripción de algunas páginas de la novela que cuentan una de las leyendas o antiguas historias con moraleja de la cultura de Gueden, y que curiosamente no tiene nada que ver con el tema general del libro, sino más bien con la idea de la inutilidad de intentar averiguar el futuro (o incluso lo malo que puede llegar a ser).

[Como explicación previa: tradicionalmente los habitantes de Gueden consultaban a unos oráculos, unos profetas llamados los tejedores, haciéndoles determinada pregunta, a cambio de un precio. Se llaman tejedores pues se encerraban, entraban en una especie de trance y “tejían” la oscuridad (de ahí el título de la novela) que les daba la respuesta.
 El precio lo fijaba quien preguntaba, no tenía porqué ser dinero o posesiones materiales y era adecuado a las posibilidades de cada uno, aunque siempre era muy elevado. Si los tejedores consideraban adecuado el precio, consultaban a la oscuridad y transmitían su profecía, que siempre era certera, y una respuesta válida a la pregunta que se había formulado, aunque muchas veces críptica y difícil de interpretar.]

   La historia se llama El decimonoveno día y aunque es un poco largo (podría ser incluso un cuento corto, pues funciona bien como historia aislada) merece la pena, así que si os apetece, allá va.


El señor Berosti rem ir Ipe vino a la fortaleza Dangerin y ofreció cuarenta berilos y medio año de la cosecha de sus huertas como precio de una profecía, y el precio era adecuado. Se hizo la pregunta al tejedor Odren, y la pregunta era: ¿En qué día moriré?
Los profetas se reunieron y fueron juntos a la oscuridad. Al fin de la oscuridad Odren dijo la respuesta: Morirás en odstred (el día decimonono día del mes).
—¿En qué mes? ¿Dentro de cuántos años? —gritó Berosti, pero el lazo estaba roto, y no había respuesta. Berosti corrió entrando en el circulo y tomó al tejedor Odren por el cuello sofocándolo y gritando que si no recibía otra respuesta le quebraría el pescuezo al tejedor. Llegaron otros que lo apartaron y lo sujetaron, aunque Berosti era un hombre fuerte. Luchó entre las manos que lo sostenían y gritó: —¡Dame esa respuesta!
—Ya ha sido dada, y el precio ha sido pagado. Vete —dijo Odren.
Furioso, Berosti rem ir Ipe regresó a Charude, el tercer dominio de la familia, un sitio mísero en el norte de Osnoriner, que Berosti había empobrecido todavía más para pagar el precio de una profecía. Se encerró en las habitaciones fortificadas, las más altas de la Torre del Hogar, y no salió de allí, por causa de amigos o de enemigos, en tiempos de recoger o de sembrar, de kémmer a aplazamiento, todo ese mes y el próximo, y así pasaron seis meses, y diez meses, y Berosti continuaba encerrado como un prisionero en
aquellas habitaciones, esperando. En onnederhad y odstred (los días decimoctavo y decimonono del mes) no comía, no bebía, y no dormía.
El kemmerante de Berosti por amor y votos era Herbor del clan Gueganner. Herbor llegó a la fortaleza Dangerin en el mes de grende y le dijo al tejedor:
—Quiero una profecía.
—¿Qué tienes para dar? —preguntó Odren, pues vio que el hombre estaba pobremente vestido y mal trazado, y que el trineo era viejo, y todo en él necesitaba algún remiendo.
—Daré mi vida —dijo Herbor.
—¿No tienes algo más, mi señor? —le preguntó Odren, hablándole ahora como a un hombre de la nobleza —, ¿ninguna otra cosa?
—No tengo nada más —dijo Herbor —, pero no sé si mi vida tiene aquí algún valor para vosotros.
—No —dijo Odren —, no tiene valor para nosotros. Entonces Herbor cayó de rodillas, golpeado por la vergüenza y el amor, y le gritó a Odren: —Te ruego que respondas a mi pregunta. ¡No es para mí!
—¿Para quién entonces? —preguntó el tejedor.
—Para mi señor y kemmerante, Ashe Berosti —dijo el hombre, y sollozó —. No tiene amor ni alegría, ni señorío desde que vino aquí y le dieron esa respuesta que no es una respuesta. Morirá de eso.
—Sí, claro está, ¿de qué muere un hombre sino de su propia muerte? —preguntó el tejedor Odren.
Pero viendo la pasión de Herbor se sintió conmovido, y dijo al fin: —Buscaré una respuesta a tu pregunta, Herbor, y no pediré precio. Pero recuérdalo, siempre hay un precio. Quien pregunta paga lo que tiene que pagar.
Herbor se llevó las manos de Odren a los ojos, en señal de gratitud, y los profetas se reunieron y entraron en la oscuridad. Herbor fue con ellos e hizo la pregunta, y la pregunta decía: ¿Cuanto vivirá Ashe Berosti rem ir ipe? Pues Herbor pensaba que de este modo le dirían el número de días, de años, y que ese conocimiento daría una cierta paz al amado Ashe. Luego los profetas se movieron en la oscuridad y al fin Odren gritó de dolor, como si se hubiese quemado en algún fuego: ¡Más que Herbor de Gueganner!
No era la respuesta que Herbor esperaba, pero era la que había obtenido, y siendo de corazón paciente volvió al hogar de Charude, cruzando las nieves de Grende. Entró en el dominio, fue a las fortificaciones y subió a la torre, y allí encontró al kemmerante Berosti, pálido y distraído como siempre, sentado junto al fuego de cenizas, los brazos descansando sobre una mesa de piedra roja, la cabeza hundida entre los hombros.
—Ashe —dijo Herbor —, he estado en la fortaleza de Dangerin y los profetas me respondieron. Les pregunté cuánto vivirías y la respuesta fue: Berosti vivirá más que Herbor.
Berosti alzó la cabeza, lentamente, como si se le hubieran endurecido las vértebras del cuello, y dijo:
—¿Les preguntaste entonces cuándo moriré?
—Les pregunté cuánto vivirás.
—¿Cuánto? ¡Idiota! Tenias una pregunta para los profetas y no les preguntaste cuándo voy a morir, el día, el mes, el año, cuántos días me quedan, ¡y les preguntaste cuánto! ¡Oh idiota, condenado idiota, más que tú, sí, más que tú! —Berosti alzó la mesa de piedra como si hubiese sido una lámina de hojalata y la arrojó sobre la cabeza de Herbor. Herbor cayó, con la piedra encima. Berosti se quedó allí de pie, un rato, confundido, y al fin levantó la piedra, y vio que Herbor tenía el cráneo destrozado. Puso de nuevo la piedra sobre el pedestal, se acostó junto al hombre muerto, y le echó los brazos alrededor, como si estuvieran en kémmer. Así los encontró la gente de Charude cuando irrumpieron en el cuarto de la Torre. Berosti se había vuelto loco, y tuvieron que encerrarlo, pues se pasaba las horas buscando a Herbor, a quien imaginaba en algún sitio del dominio. Vivió así un mes, y luego se suicidó ahorcándose, en ostred, el día decimonono del mes de dern.



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