De que va todo esto

¿De qué va todo esto? Este blog no pretende ser más que un conjunto inconstante (espero que no incoherente) de opiniones surtidas. Pero recuerda:
"Las opiniones son como el agujero del culo, todos tenemos uno y creemos que el de los demás apesta."

jueves, 15 de mayo de 2014

Nadie conoce a nadie. Juan Bonilla



“Hay dos maneras de regresar al punto que acabas de dejar a tus espaldas. Una consiste en darse la vuelta. La otra en dar la vuelta al mundo. La gente corriente adopta la primera de las maneras. [...] Muy pocos son los que optan por la segunda de las maneras. Sapo fue de esos.”
    Así comienza la novela Nadie conoce a nadie (1996), del jerezano Juan Bonilla, un thriller ambientado en plena Semana Santa sevillana protagonizado por un aspirante a escritor que trabaja en un periódico local, y que se ve envuelto en una trama de atentados, juegos de rol, procesiones, nazarenos y personas a las que conoce -o mejor dicho, cree conocer-, en la que nada es lo que parece, porque como anuncia el título de la novela, nadie conoce realmente a nadie.

      Simón, el protagonista, es un aspirante a escritor, frustrado por su escaso éxito, que para sobrevivir trabaja en un diario local de la ciudad donde vive: Sevilla. Pero tampoco es que sea exactamente periodista: es crucigramista, es decir, es el encargado de hacer el crucigrama diario que se publica en la sección de pasatiempos del periódico, aunque eso si, sus crucigramas son “cultos” y están trufados de referencias literarias.


       Para poder compartir los gastos del alquiler, acepta como compañero de piso a Jaime, un extraño personaje, taciturno, con un peculiar y retorcido sentido del humor, algo obeso y con algún raro defecto en la garganta que hace que, continuamente, siempre que no esté hablando, emita una especie de ronroneo continuo, parecido al croar de un sapo, lo que hace que todo el mundo lo conozca por ese sobrenombre.

      La monótona existencia de Simón se verá interrumpida cuando un día, una semana antes de que comience la Semana Santa de 1997, alguien deja un extraño mensaje en su contestador, ordenándole que en el siguiente crucigrama que tiene que entregar al periódico, en determinada posición, aparezca la palabra ARLEQUINES. Al principio lo toma como una broma, pero el mensaje incluye una velada amenaza: lo saben todo sobre él y su compañero, dónde viven, y además les podría pasar algo a su madre o a su hermana si no sigue esas sencillas instrucciones.

      Finalmente Simón incluye a los arlequines en el crucigrama y a partir de ahí todo se precipita: se produce un atentado con gas tóxico (sarín) en una estación de metro de la ciudad.

     La historia que cuenta la novela es la de la investigación de Simón, acompañado de María, (una redactora que trabaja en el mismo periódico que él encargada de cubrir la noticia del atentado), de sus sospechas con respecto a Sapo (que a veces parecen totalmente infundadas pero otras son clarísimas) y de la cadena de acontecimientos que se precipitará durante la Semana Santa, cuando las estrechas calles del centro de Sevilla se llenan de gente.

     Por supuesto el personaje más interesante es el de Sapo, un tipo extraño donde los hayas, con un retorcido y malvado sentido del humor que su compañero Simón ya conocía de su corta convivencia con él y que vamos descubriendo a medida que se nos va contando episodios pasados y presentes.

     Juan Bonilla, el autor, además de escritor y traductor, también trabajó en un periódico de Sevilla, como su personaje, y aunque nació en Jerez, vivió muchos años en Sevilla, y lo deja notar a la hora de ambientar la novela. No sólo por describir la Semana Santa (de hecho en eso es en lo que no se explaya), sino por describir –con precisión- la geografía de la ciudad, sus calles, sus iglesias (salvo el metro, que ni existía en 1997 ni existe actualmente tal como Bonilla lo imaginó), algunos de sus ambientes..., e incluso su clima:

“En Sevilla la primavera es violenta y breve. Se corrompe en verano casi de inmediato, con excesiva antelación a lo prometido por los calendarios. Cumplido el mes de abril, se acabó la primavera. A veces desaparece incluso antes, dejándonos ante la larga y agotadora travesía del soporífero verano.”

     No es una novela larga, pero tampoco esperéis una novela repleta de acción. Es más un thriller psicológico que un thriller a secas, llena de las reflexiones y monólogos interiores del protagonista, y con una prosa un tanto ampulosa a veces, como si se esforzara en meter adjetivos a toda costa en cada frase.

     Al parecer a Bonilla se le ocurrió la historia partiendo de dos hechos reales: el atentado con gas sarín en el metro de Tokio en 1995 (un año antes de publicarse la novela) y el conocido como “crimen del rol” ocurrido dos años antes (1994) en el que, en el transcurso de un juego de rol, un par de jóvenes jugadores asesinaron, al azar, a Carlos Moreno.

     Y a partir de ahí empezó a tejer la trama, pero situándola en un ambiente tan castizo como la Semana Santa de Sevilla de un año en el futuro (1997). La novela tenía posibilidades cinematográficas, y sólo tres años después se hizo su adaptación, también ambientándola en el futuro muy cercano: la última Semana Santa del milenio, la del año 2000.

      Desde luego no esperéis en la novela acción al estilo de su adaptación cinematográfica: Nadie conoce a nadie, película que dirigió Mateo Gil en 1999. Entiendo que la novela y película son cosas distintas, y que la segunda es hija de la primera, por lo que no tiene que resultar un calco. En el caso de la adaptación, Mateo Gil se toma licencias típicas: personajes que resultan eliminados, u otros con un papel bastante más inflado como el de Penélope Cruz, u otros como el de Sapo que son modificados para que los personifique un actor mucho más “fotogénico” como Jordi Mollá.

     Pero la principal diferencia es que en la película prima la acción. No esperéis encontrar en la novela persecuciones de Nazarenos encapuchados por la estrechas calles del Barrio de Santa Cruz, ni tiroteos, ni nada de eso. De hecho, la mayor parte de la película transcurre durante los sucesos de la Semana Santa, mientras que en la novela es al revés: esa parte ocupa sólo unas pocas páginas al final, y no la vivimos en primera persona, mientras que la mayor parte de la acción transcurre durante la semana previa, la semana de la “investigación” y las sospechas del protagonista.


      Se dice que a partir de una novela nunca sale una obra maestra del cine, y que sólo se producen grandes películas a partir de novelas mediocres. Nadie conoce a nadie podía haber resultado un caso de eso, sin embargo ni la película es una gran película (quizás si en lugar de Mateo Gil la hubiese cogido Amenábar otro gallo hubiese cantado, quién sabe) ni la novela es una gran novela, aunque es entretenida de leer y probablemente sea mejor que su adaptación.

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